domingo, 5 de junio de 2011

Laurita: la amiga de mi hermana

Mi nombre es T. En esa época tenía 17 y como todo adolescente estaba hecho un volcán hormonal. Estaba en receso escolar y por primera vez no me había llevado ninguna materia, así que me pasaba todo el día encerrado en mi habitación haciéndome la paja y jugando a la computadora. De vez en cuando veía a alguno de mis amigos, pero casi todos estaban veraneando en la costa o en Brasil. Mi hermana y sus amiguitas tenían dos años menos que yo.

Ese día hacía un sol que rajaba la tierra. Me estaba tratando de conectar a internet pero la PC decía que la línea estaba ocupada así que levanté el teléfono. Era mi hermana. Hablaba con su amiga Laura, una perrita morocha que le haría endurecer la verga a una estatua de Sarmiento. La invitaba a nuestra pileta, lo que hizo de mi pecho un terremoto de ansiedad y excitación. Ahí nomás me empecé a tocar la verga escuchando la voz de Laurita. Por momentos se intercalaba con la de mi hermanita, lo cual me cortaba la calentura, pero no tardé mucho en descargar toda mi leche en un cacho de papel. Me tiré en la cama, relajado. Cuando desperté miré a la pileta por la ventana. Todavía no había llegado. Serían las tres de la tarde. Bajé a preparame un sándwich. Papá y mamá estaban afuera, como de costumbre. Seguramente estarían en la quinta que tenemos en E. con amigos. Mientras comía se me acercó mi hermana. Estaba en bikini.


- ¿Che cómo me queda? Es la que me regalaron en navidad ¿mejor que la azul?

- Sí sí, ésta está mejor.

- ¡Pero si ni me viste tarado!

- No me jodas


No teníamos una relación muy fluída. Poco díalogo y muchas muchas peleas que muchas veces terminaban en violencia física. De su parte, claro.
Terminé rápido el sándwich y me puse la malla. Quería estar en la pileta para cuando llegara Laurita para no dar la impresión de que era un baboso.

No tardó mucho en llegar, pero no fueron a la pileta. Se encerraron en la habitación. Todas las amigas de Laurita -incluída mi hermana- nunca se cansaban de decir lo increíble que era su cuerpo. Y yo estaba a punto de confirmarlo. Me puse a nadar como loco para calmar la calentura y los nervios. Cuando finalmente llegaron a la pileta estaba relajado tomando sol. Pero me duró poco la paz. Laurita apareció con una mallita blanca infartante, diminuta. Casi podía adivinar cómo el agua de la pileta trasparentaría su conchita adolescente y sus pezones. Me sentía un toro en celo, poseído, a punto de tirármele encima y violarla sin importar nada. Era sin duda el cuerpo más delicioso que hubiera tenido cerca. Pero lo más atractivo era cómo se movía, cómo saludaba, cómo hablaba. Parecía realmente una felina exageradamente lasciva cuyo único objetivo en la vida fuera parar cuanta verga se le cruzara. Se me acercó y me saludó afectadamente. Inhalé profundamente su perfume y sentí ganas de lamerla. El sol todavía estaba fuerte. Laurita y mi hermana se recostaron en sendas reposeras, una al lado de la otra. A los pocos minutos mi hermana se tiró a la pileta. Laurita sacó su protector solar de un estuche y se empezó a untar el cuerpo con ceremoniosidad, como un rito sexual que hipnotizaba mi pija. Yo la miraba fantaseando.
Y ahí nomás... como si los dioses hubieran escuchado años y años de laboriosos rezos y oraciones masturbatorias...
Ahí nomás, llamandome por el nombre (un yunque de ansiedad me golpeó violentamente el pecho), largó: ¿me pasás un poco por la espalda?

No logré sacar sonido alguno de mi boca, así que me levanté en silencio y me senté en el borde de su reposera tratando de ocultar mi turbación. Ella: boca abajo, entregada. Comencé con su nuca, lentamente pero con fuerza. Su piel era suave, joven.
Después los hombros. El filo de sus huesos hizo sentir que de algún modo la penetraba, que era el interior de su cuerpo lo que tocaba. Después deslicé mi mano encremada a la zona de la espalda donde se ata el corpiño. Ella sin decir nada lo desanudó de un pellizcón. Esto me puse loco. En cualquier momento me bajaba la malla y la sometía ahí mismo. Seguía con el masaje lubricante acercando prudentemente mi nariz a su culo duro y olí el vapor que manaba su zona genital. Mi hermana estaba mirando desde la pileta así que me enderecé. No me importaba demasiado. Por momentos, con la mano encremada, rozaba el costado de sus tetas que sobresalían presionadas por la reposera. Bajé hasta su cintura. Mis ojos escaneaban esa cola sólida como la roca. Muy despacio mis movimientos circulares tocaban cada vez menos cintura y cada vez más nalga. ¡Qué culo por dios! Ella no decía nada así que seguí avanzando. Llegué al centro del cachete de la cola. Ella muda. Avancé. Llegando a la raya y ahí mi hermana volvió. Laurita carraspeó y yo subí instintivamente la mano de vuelta a la cintura. Tenía la verga dura como el acero, cosa que disimulaba con una de mis rodillas medio levantadas. Mi hermana nos miraba mientras se secaba el pelo distraidamente con un toallón.


- Ay T., ¿me pasás a mi tambíén? (me quería cortar el clima con su amiga sólo para molestarme la muy forra)
- Ni en pedo.
- Dale, no seas malo con tu hermanita. - Intervino Laurita.


Mi hermana sonrió y se recostó boca abajo en su reposera mirando para el lado contrario de donde estabamos. Embroncado, me senté en su reposera. Laurita me miraba el bulto, que conservaba su tamaño de lanza.

Comencé a pasarle bronceador a desgano a mi hermana. Laurita que me seguía mirando la verga y para cebarme se acomodó la malla en el culo, metiéndosela bien en la raya. Mi verga creció aún más y me la tuve que acomodar con la mano que tenía libre. Sin sacarme los ojos de la verga se me acercó como una hiena hambrienta. Tiró del elástico de mi malla, liberando mi verga que despuntó como un mástil. Y se la metió en la boca. Chupaba con delicadeza y confianza. No era la primera pija que se devoraba. Yo, con una mano le continuaba pasando bronceador a mi hermana que seguía sin darse cuenta de nada, mirando para el otro lado. Con mi mano libre tomé la cabeza de Laurita, clavaba la vista en la mano que acariciaba el cuerpo de mi hermana. La levanté y la llevé a una de sus hermosas tetas que estaban al aire, pero ella me la tomó y la puso de vuelta sobre la cintura de mi hermana. Después tomó mi otra mano y la llevó a una de las piernas de mi hermana. Quería verme tocarla mientras me la chupaba.
Le pasé bronceador por la cintura. Tal como había hecho Laurita, mi hermanita se desabrochó el corpiño de un pellizcón. Masajeé con fuerza sus hombros, su cuello, su espalda. La masajeaba con pasión mientras Laurita me la chupaba. Con una mano, Laurita, se empezó a tocar su conchita lampiña. Mi excitación se tornó ingobernable. Seguí acariciando a mi hermana cada vez más desembozadamente. Laurita se paró y me susurró "ahora tocala". Volvíó a su reposera y tocándose se llevó una mano llena de fluidos a la boca y la lamió con gula mientras miraba como tocaba a mi hermana. Yo estaba loco. Ahora tenía mi verga huérfana. Miré el cuerpo de mi hermana y lo deseé con locura mientras masajeaba cada vez más cerca de sus tetitas, cada vez más cerca de su cola. Sentí la compulsión de olerla, oler su conchita. Me acerqué y olí sus jugos. Estaba encendida como loca la muy putita. Le puse la mano en una nalga, despacio, ella muda, comencé a masajearle la cola, ella nada, yo tocándole esa cola hermosa y ella no decía nada, Laurita mirando, tocándose y chupándose una mano. No pude más, le corrí la mallita enterré de una mi lengua en su conchita virgen. Ella dijo despacio “no, no, no ” y comenzó a largar una serie de gemidos apagados y agudos. Ahí giró el cuello y miró a Laurita mientras yo le metía la lengua lo más que podía en su conchita jugosa y lengüeteba sus labios vaginales y su clítoris. Era deliciosa. Laurita se acercó a la cabeza de la reposera y se abrió de piernas frente a mi hermana que la empezó a lamer desaforada. Los gemidos de mi hermana se hacían cada vez más fuertes hasta que acabó.
En el silencio pasé a lamer su ano apretadito. Lamía todos los alrededores del ano, de su conchita, y cada tanto le iba metiendo la lengua en el ano. Ella le seguía chupando la concha a su amiga, que me miraba a mí. Yo metía la lengua cada vez más adentro. Era una auténtica penetración con la lengua. Pero no daba más, mi pija no daba más. Tenía que penetrarla. Puse la cabeza de mi pija en la entrada de su conchita apretada. Empecé a avanzar. Me paró en seco, mirando para atrás: “pará! soy virgen tarado”. Así que agarré mi verga, la llené de bronceador y la puse en la entrada de su apretadito ano. La muy trola me dice “ahí sí” agarra mi falo y relajando el orto se mete la puntita, sólo la puntita, diciendo “esperá un poquito”. Yo no aguanto más, avanzo. “¡Pará pará, me duele!”, y yo le digo que si paro se la meto en la concha así que ella se calla. Bombeo. Empieza a gemir de vuelta, como una loca, desaforada, retoma la conchita de su amiga. Mientras bombeo me inclino cerca de su nuca, me llega el olor embriagante de los jugos de su amiguita, y le digo: “mirame” y sigo bombeándole la cola, bombeo y bombeo, y ella gira el cuello, me mira a los ojos y ahí nomás le digo: “sos mi puta sos mi puta a partir de ahora sos mi puta”, y le largo todo bien adentro.

3 comentarios:

Karenina dijo...

Cero arrepentimiento. Baja estrategia, pero genial tu relato ;) saludo.

alfonsoaourier dijo...

Cierto Karen. Es el primero que hago. Fui demasiado a los postres. Faltó dilatar un poco la transición y, claro, una dosis de arrepentimiento. Paso a paso. Gracias

Anónimo dijo...

fua tremenda paja me clave jajaja como no le entraste a laurita tambien la perra sucia esa pedia pija a gritos... buen relato